La Realidad es… | Benjamín Portilla
Qué fotografía tan elocuente: Grecia Quiroz, viuda de Carlos Manzo Rodríguez, tomando protesta como presidenta municipal de Uruapan. La misma mujer que hace unos meses lloraba impotente frente a la indiferencia de las autoridades, hoy levanta la mano para ocupar el cargo que su esposo nunca debió perder de esa manera.
Cuando el asesinato de Carlos Manzo estremeció al país, el gobierno federal prometió justicia, apoyo y presencia. La presidenta, en un gesto mediático, quiso la foto del perdón, la postal de la “reconciliación”, pero Grecia no aceptó. ¿Cómo hacerlo, si el crimen seguía impune y los responsables ni siquiera habían sido señalados?
Hoy, esa misma viuda sube al estrado para gobernar el municipio más importante económicamente de Michoacán, mientras el Estado mexicano presume protocolos de seguridad, filtros, Guardia Nacional y un operativo que brilla por su ausencia cuando la violencia cobra vidas. El doble discurso de siempre: protección para los símbolos, olvido para los ciudadanos.
El gobierno estatal, por su parte, se limita a la retórica de los abrazos y la paz imaginaria, mientras Michoacán sigue bajo el control de los mismos grupos que dictan leyes desde las sombras. Y en Palacio Nacional, los discursos siguen llenos de cifras triunfalistas, mientras los alcaldes mueren, los periodistas callan y los criminales mandan.
Grecia Quiroz encarna, sin proponérselo, la ironía de un sistema que sólo reacciona cuando el poder lo toca. Su historia no es un homenaje al cambio, sino un retrato de la omisión.
Porque en México, el poder cambia el escenario, pero nunca borra la memoria
