La Realidad es… | Benjamín Portilla
A cien días de haber iniciado los gobiernos municipales, bien vale la pena recordar aquella lección que dejó Fernando Gutiérrez Barrios al renunciar ante Carlos Salinas de Gortari: “La vida me ha enseñado que lo más importante para un ser humano y, principalmente para un político, es saber retirarse a tiempo”.
Lástima que esa enseñanza no sea materia obligatoria en la política actual.
Porque si algo han dejado en claro estos primeros 100 días, es que hay quienes no llegaron a servir… sino a estorbar con puntualidad administrativa. Y peor aún, con nómina asegurada.
Hoy más que nunca, varios “funcionarios municipales” deberían mirarse al espejo —si es que les queda algo de autocrítica— y preguntarse si están funcionando o simplemente cobrando. La respuesta, para muchos, es tan evidente como incómoda.
Pero hay casos que ya no solo incomodan… preocupan.
En el Ayuntamiento de Tihuatlán, se señala la presunta injerencia de particulares en funciones públicas. De manera específica, se acusa a Gabriela Peñaloza y Roberto Hernández, padres de la regidora quinta Ninfa Gabriela Hernández Peñaloza, de intervenir en asuntos del gobierno municipal sin formar parte oficial de la administración. De confirmarse, estaríamos ante una situación grave: uso indebido de funciones, posible usurpación y una evidente distorsión del ejercicio público.
Lo más delicado no es solo el señalamiento, sino el silencio institucional. Hasta ahora, no se ha transparentado una postura clara ni se ha llevado el tema a Cabildo para su revisión formal. Y mientras tanto, la sombra de estos hechos no solo genera confrontación interna en la comuna, sino que también termina por opacar el trabajo del alcalde Raúl Hernández Gallardo.
Deberían escuchar la ponencia que ha otorgado el Tribunal de Justicia Administrativa “Servidor Público Municipal Tu Conducta, Tu Responsabilidad” con el cual conocerán los alcances como funcionario municipal.
El arranque de la administración 2026–2029 no solo ha exhibido capacidades, también ha desnudado carencias. La falta de experiencia no es el problema… el problema es la falta de vergüenza. Porque una cosa es no saber, y otra muy distinta es no querer entender la responsabilidad del cargo que se ocupa.
Y mientras algunos intentan aprender sobre la marcha, otros ya entendieron perfectamente el negocio: servirse del cargo antes de que se acabe el tiempo. Total, el pueblo —ese mismo que les dio la oportunidad— puede esperar, pero las oportunidades de hacer “patrimonio exprés” no.
No faltan tampoco los que han perfeccionado el arte de calentar la silla: presencia sin resultados, discurso sin sustancia y sueldos sin justificación. Su mayor logro en estos cien días ha sido, sin duda, no ser removidos.
Lo grave es que este lastre no solo se nota… pesa. Pesa en los servicios públicos, pesa en la percepción ciudadana y pesa en cualquier intento serio de gobierno. Porque mientras unos trabajan, otros se encargan de arrastrar los avances hacia atrás.
Y aun así, hay titulares que podrían presumir logros, si no fuera porque están rodeados de quienes convierten cualquier esfuerzo en simulación.
Pero no se equivoquen: la gente observa, la gente entiende y, sobre todo, la gente recuerda. Los nombres ya circulan, los señalamientos ya existen, y no vienen de la oposición… vienen de quien los puso donde están.
Porque al final, la única evaluación que realmente importa no se hace en oficinas ni en informes… se hace en la calle.
Y ahí, la calificación para muchos… ya empezó a reprobarlos.
