Vivimos un gobierno de maqueta
“Nos vamos a levantar porque somos fuertes como nuestra gente.”—Benjamín Salinas
Cuando la ciudadanía tomó el control de los hechos tras la pasada inundación —esa que devastó la franja señalada por el Atlas de Riesgo como la zona más baja de la ciudad y que concentra la principal área comercial—, el gobierno perdió la narrativa. Quedó al descubierto su falta de preparación ante este tipo de contingencias, pero sobre todo la carencia de oficio de quienes hoy gobiernan, dejando ver únicamente soberbia y autoritarismo.
La desesperación de la gobernadora por no poder controlar el discurso público evidenció su falta de capacidad para dirigir un estado como Veracruz. No sólo eso: también dejó claro que ni el gobierno federal, ni el estatal, ni el municipal se han preparado en más de 26 años para enfrentar desastres naturales de esta magnitud. La prueba está en que el pueblo se ha levantado gracias al propio pueblo.
En el caminar por las colonias devastadas se observa que la ciudadanía sí sabe cómo reaccionar ante una emergencia; ya vivieron la inundación de 1999. Si se les hubiera advertido la magnitud del fenómeno que se avecinaba, habrían estado mejor preparados. Pero esa es otra historia. La pregunta que hoy importa es: ¿qué buscaba el gobierno?, ¿qué esperaba?, ¿por qué no advirtió la gravedad del peligro?, ¿qué beneficio le traerá esto a los gobiernos estatal y federal?
La población se está levantando con la fuerza de su propia gente. A lo largo de la ciudad, y en los accesos a las colonias afectadas, funcionan centros de acopio que reciben ayuda de municipios veracruzanos y de otros estados del país. Son aportaciones de personas altruistas que prefieren el anonimato, que actúan movidas por el amor a sus compatriotas heridos no sólo por un fenómeno natural, sino también por la indiferencia de los gobiernos de Claudia Sheinbaum y Rocío Nahle García, a quienes —claramente— les ha quedado grande la silla.
La lista de fallecidos ha superado ya los 80, y las labores de limpieza en las zonas más bajas, pegadas al río Cazones, aún no concluyen. Tampoco se ha cerrado la lista de desaparecidos, pues muchos siguen sin poder retomar su vida normal. Mientras tanto, comienzan a surgir enfermedades respiratorias y gastrointestinales por el lodo y el agua estancada que aún cubren calles y viviendas. La tragedia no ha terminado, así lo confirman los propios vecinos.
Y mientras la población se levanta, como siempre lo ha hecho a lo largo de la historia de este país —porque los mexicanos somos fuertes—, el gobierno permanece hundido en el lodazal de su ineptitud. Dos devastaciones lo prueban: Acapulco, Guerrero y ahora Poza Rica y Álamo, Veracruz. A eso se suma una guerra en Sinaloa que ya cumple un año sin que haya intervención real del gobierno.
No quiero despedirme sin mencionar la lección que nos dejó una pequeña perrita chihuahua quien ahora se llama “Milagros”, rescatada entre el fango. Su mirada de esperanza pedía auxilio, como lo hicieron miles de pozarricenses el 10 de octubre de 2025. Esa fecha no debe olvidarse, sobre todo al recordar las palabras de la presidenta Claudia Sheinbaum:
“Fíjense por quién votan en el 2027, 2029 y 2030.”
Nos leemos en la próxima.
