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La Realidad es… | Benjamín Portilla
Serpientes y escaleras es un juego de mesa clásico, aparentemente inocente, donde el destino se decide con el lanzamiento de un dado. El objetivo es simple: avanzar de la casilla 1 a la 100, subir por escaleras que representan ventajas y caer por serpientes que simbolizan retrocesos. Un juego de azar que, curiosamente, nació en la antigua India bajo el nombre de Moksha Patam, diseñado para enseñar lecciones morales sobre virtudes y vicios.
Pero lo que antes era una enseñanza ética, hoy parece haberse convertido en una metáfora precisa de la política mexicana.
Durante años, la política —al menos en el discurso— se construía a partir de méritos, trayectorias y experiencia. Se avanzaba escalón por escalón, desde lo municipal hasta lo federal, acumulando oficio político. Hoy, esa lógica parece haber sido sustituida por el lanzamiento de dados cargados.
En el partido oficial, MORENA, el tablero se mueve de forma peculiar. Figuras que alcanzaron posiciones de alto nivel en el gobierno federal ahora “descienden” a la estructura partidista, como si hubieran caído en una serpiente perfectamente calculada. Ahí está el caso de María Luisa Alcalde, quien dejó la Secretaría de Gobernación para asumir el control del partido. Lo mismo ocurre con Citlalli Hernández, que, tras ocupar un espacio en el gabinete, regresa a tareas de operación política interna.
Y, como si se tratara de una dinámica ya institucionalizada, el juego también alcanzó a Ariadna Montiel, quien deja la Secretaría de Bienestar para reincorporarse al engranaje partidista, en una reconfiguración que no parece responder a perfiles ni resultados, sino a decisiones tomadas desde un solo centro de poder.
Porque esa es otra realidad: en MORENA no hay tablero compartido; hay un solo jugador moviendo las piezas.
Se habla de renovación, de “tiempos de mujeres”, de nuevos rostros; pero la pregunta sigue en el aire: ¿realmente hay ideas nuevas o solo se están reciclando las mismas fichas? La narrativa del cambio comienza a desgastarse cuando los movimientos no obedecen a una estrategia pública, sino a ajustes internos de control político.
Y en ese reacomodo también hay ausencias. Personajes que parecían destinados a subir por la escalera hoy están detenidos, exhibidos o simplemente fuera del juego. No por azar, sino porque alguien decidió retirarles el turno.
Los cambios abruptos ya no sorprenden. Lo preocupante es que se han normalizado. La falta de oficio político es evidente: actores improvisados, decisiones superficiales y partidos que han perdido identidad en menos de una década. La política se volvió inmediata, desechable, sin formación ni rumbo claro.
Esto, inevitablemente, impacta en el electorado. Ese mismo que en 2024 participó con entusiasmo, creyendo aún en los partidos, hoy observa cómo las estructuras se mueven sin explicación ni autocrítica. Y mientras el país enfrenta problemas reales, las dirigencias parecen más ocupadas en reorganizar sus fichas que en resolverlos.
La oposición, por su parte, tampoco escapa a esta crisis. El Partido Acción Nacional, al menos en la región, sigue perdido: sin rumbo y sin trabajo de base. Obtuvieron votos, sí, pero no han regresado a las secciones donde ganaron. No hay operación política, no hay reconstrucción, no hay humildad. Solo inercia.
En este tablero, todos juegan… pero pocos entienden el juego.
Y mientras los dados siguen rodando, la pregunta ya no es quién sube o quién baja, sino quién está realmente moviendo las piezas.
Porque en la política mexicana actual, la realidad es esa: no se avanza por mérito; se avanza —o se cae—.
Así también en Veracruz continua la expectativa si también se moverá el tablero y Esteban Ramírez Zepeta se mueva o seguirá avanzando en el juego, hasta ya se escucha a Javier Gomez Cazarin para sustituirlo todo depende según convenga al dueño del tablero.
El cual es dueño de un partido, pero no de los demás… ¿qué opina usted, amable lector?
Nos leemos en la próxima.
