Por: Benjamín Portilla
En la zona norte del estado de Veracruz se encuentra una ciudad muy joven, sin ningún atractivo natural: llámese playa, zona arqueológica, cascadas, montañas o algo por el estilo. Lo único que resalta en esta ciudad, apestosa a huevo podrido, es su gastronomía inigualable y la calidez de su gente. Cualidades que, juntas, forman una grandeza inquebrantable ante cualquier adversidad.
Y no lo digo porque le tenga cariño a este municipio, o porque en él haya conocido el verdadero significado del amor. Lo expreso porque esta tierra ha pasado de todo en su historia: desde la explotación sin medida de sus pozos de petróleo —que sirvió no sólo para potencializar la industria petrolera del país, sino para inflar los bolsillos de pillos con saco y corbata—, hasta la falta de empleo, una precaria economía, las desapariciones forzadas de personas, cobros de piso y las ya tan acostumbradas ejecuciones.
Y eso se vio el pasado domingo 12 de octubre, cuando una gobernadora, Rocío Nahle García, llena de soberbia, y una insensible presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, entraron a esta ciudad para reunirse con una población vulnerable y necesitada, que se había quedado sin patrimonio alguno porque sus gobernantes decidieron dejarlos solos, a merced de la fuerza del río Cazones, que “se desbordó ligeramente”, según las palabras de Nahle.
¿Y por qué fue demostrada la grandeza? Porque, aun cuando el 40% de la población de esta ciudad tenía su casa llena de agua con lodo y sus pertenencias destrozadas, quedando en la indigencia, decidieron no ser más la burla de dos mujeres que venían a tomarse la foto politiquera.
No es para menos esta muestra de rabia hacia las titulares del gobierno federal y estatal, pues mientras ellas se encontraban durmiendo y después empezaban su viernes con toda la paz y tranquilidad, los pozarricenses luchaban por no morir ahogados. Lucha que no todos lograron ganar.
Es por eso que, desde este espacio, se manda un reconocimiento a esa gente que, desde el exilio profesional, ha regresado su mirada a Poza Rica y ha decidido dar la mano que debió dar el gobierno. Así como a cada una de las personas que decidieron dejar la comodidad y la indiferencia, y han sacado su ropa, sus ahorros, sus despensas y su voluntad para ir a limpiar las calles y las casas de sus familias, así como las de sus amigos, vecinos o conocidos. Porque son ellos los que levantarán de las ruinas a la que, en los años 80, fuera LA CAPITAL NACIONAL DEL PETROLEO.
Nuestras condolencias a las personas que perdieron a un familiar en esta inundación. Ánimo para quienes no encuentran a sus seres queridos. Y, para todas aquellas personas que murieron en esta tragedia, la promesa es que esta ciudad en la que murieron no quedará en ruinas y que jamás los olvidará.
En memoria de las víctimas de la inundación del 10 de octubre y sus familias.
Nos leemos en la próxima…
